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Existe una creencia ampliamente extendida —casi un lugar común de la cultura popular— según la cual la ciencia ficción es, ante todo, un género de anticipación: un laboratorio imaginativo donde se prefiguran los inventos del mañana, un espejo orientado no hacia el presente sino hacia el porvenir tecnológico. En esta lectura, la ciencia ficción habría predicho el submarino, el cohete espacial, el ordenador, la clonación. Jules Verne aparecería como el profeta técnico por antonomasia, y el género en su conjunto como una suerte de futurología narrativizada. Esta imagen tiene su parte de verdad, pero al convertirse en la interpretación dominante, oscurece algo más profundo y más constante en la tradición del género: su vocación crítica.
Una lectura atenta de la historia de la ciencia ficción revela que la dimensión anticipatoria, aunque presente, es secundaria o al menos subordinada respecto a una preocupación de índole muy diferente. Lo que caracteriza a las obras más significativas del género no es la precisión con que describen tecnologías futuras, sino la intensidad con que interrogan el presente: sus estructuras de poder, sus supuestos ontológicos, sus contradicciones éticas. La ciencia ficción no mira al futuro para decirnos lo que vendrá, sino que construye futuros imaginarios —o mundos alternativos, o presentes extrañados— para decir lo que somos y lo que nos arriesgamos a llegar a ser.
Existe una creencia ampliamente extendida —casi un lugar común de la cultura popular— según la cual la ciencia ficción es, ante todo, un género de anticipación: un laboratorio imaginativo donde se prefiguran los inventos del mañana, un espejo orientado no hacia el presente sino hacia el porvenir tecnológico. En esta lectura, la ciencia ficción habría predicho el submarino, el cohete espacial, el ordenador, la clonación. Jules Verne aparecería como el profeta técnico por antonomasia, y el género en su conjunto como una suerte de futurología narrativizada. Esta imagen tiene su parte de verdad, pero al convertirse en la interpretación dominante, oscurece algo más profundo y más constante en la tradición del género: su vocación crítica.
Una lectura atenta de la historia de la ciencia ficción revela que la dimensión anticipatoria, aunque presente, es secundaria o al menos subordinada respecto a una preocupación de índole muy diferente. Lo que caracteriza a las obras más significativas del género no es la precisión con que describen tecnologías futuras, sino la intensidad con que interrogan el presente: sus estructuras de poder, sus supuestos ontológicos, sus contradicciones éticas. La ciencia ficción no mira al futuro para decirnos lo que vendrá, sino que construye futuros imaginarios —o mundos alternativos, o presentes extrañados— para decir lo que somos y lo que nos arriesgamos a llegar a ser.
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